¿Cuánto vale Jerusalén? Una nueva visión de los servicios

Casi al final de la película Kingdom of Heaven” (El Reino de los Cielos) de Ridley Scott, el líder cristiano Balian de Ibelin (Orlando Bloom) tras la defensa heroica de una Jerusalén asediada por Saladino (Ghassan Massoud), decide buscar un acuerdo y rendir la ciudad. Elige no sacrificar más vidas. El gran Saladino, enorme, digno, pero ciertamente turbado, acepta el acuerdo y se compromete a guiar a lugar seguro a los supervivientes.

A pesar de la significativa pérdida, no se ha resentido la Cristiandad por ello, que yo sepa.

Después del apretón de manos sincero entre los dos grandes líderes, Balian pregunta a Saladino “¿cuánto vale Jerusalén?”. Saladino le responde “nada”… pero instantes después, mientras se aleja, se vuelve hacia su respetado oponente y, apretando los puños con vehemencia, grita: “¡todo!”.

Me encanta esa escena y su mensaje sobre la relatividad de las cosas. ¿Puede algo, en nuestros esquemas actuales de negocio, de rentabilidades, conflictos o intereses tener un valor incalculable o no valer nada a la vez? Quizá sea el acuerdo entre ambos líderes lo que tenga un verdadero valor, pero desgraciadamente solemos pasarlo por alto en demasiadas ocasiones.

En mi vida profesional, he repetido esta misma pregunta a mis colaboradores cuando los veía inmersos en conflictos de extremo desgaste, de consumo ingente de recursos y de objetivos “excesivamente” claros: ¿cuánto vale Jerusalén? El más prudente pensaba que me había vuelto loco, no quiero ni imaginarme las otras opiniones. Pero lo cierto es que, la relatividad de los conflictos en el mundo de la empresa y nuestras actividades cotidianas, es algo que raramente nos paramos a analizar. A veces emprendemos verdaderas Cruzadas sin demasiado sentido.

Llevo en el mundo se los servicios -públicos, auxiliares y sociales- casi 25 años y tengo la sensación de que los actores de esta “batalla” seguimos asediándonos unos a otros, con espadas, catapultas y mandobles a diestro y siniestro, esperando que alguno se rinda. Sigo viendo que ni Administración Pública contratante, ni empresa privada contratante, ni empresa contratista, ni trabajadores, ni sindicatos, ni legislador, promueven ningún acuerdo similar al que alcanzaron Balian y Saladino.

¿Por qué sucede esto? ¿Cuánto vale nuestra Jerusalén? ¿A dónde queremos llegar? ¿Qué buscamos defender o conquistar? ¿Sabemos cómo queremos que sea nuestro terreno de juego en un futuro? No tengo claro que tengamos respuesta a estas preguntas, pero sí que se respira una insatisfacción generalizada y una sensación de desgaste sin horizonte despejado.

Las entidades contratantes públicas y privadas consideran al proveedor de servicios un difícil compañero de viaje. Generalmente no tienen demasiado claro lo que compran ni lo que realmente necesitan. Utilizan el factor precio como único valor diferencial con un riesgo futuro quizá no suficientemente valorado. Y al final los ahorros no son tantos, por no decir ninguno.

Las empresas contratistas se adaptan como pueden a luchar en ese entorno y sobreviven. Se ven ahogadas por impagos, márgenes ínfimos o falta de visión estratégica y de innovación. Con cierta razón, no cabe duda: ¿para qué voy a innovar y a mejorar mi productividad, si dentro de unos meses vendrá otro más barato y me quitará el contrato?

Los trabajadores y sus representantes consideran erróneamente que los viejos escudos, quizá ya un poco oxidados (Convenios Provinciales, subrogación, antigüedades…) les blindan el puesto de trabajo y sus derechos adquiridos, cuando la realidad nos demuestra día a día lo contrario.

Algo tenemos que cambiar en el sector. Debemos atrevernos a cuestionar los anticuados corsés que nos están apretando a todos. En una situación social y económica totalmente diferente, vemos que las luchas de hoy son las mismas que 25 años atrás: convenios, huelgas, descenso de los precios, falta de flexibilidad, precariedad de contratos y por tanto laboral… Sentarse a negociar un Convenio Colectivo en 2.014 es un dibujo calcado del mismo hecho en 1.991. A veces incluso con los mismos modelos, un poco más viejos, pero con los mismos discursos. Y lo mismo puede decirse de una negociación entre una empresa y un proveedor de servicios.

En todos estos años de asedio a Jerusalén nadie ha conquistado un solo torreón que merezca la pena. Debemos empezar a proponer y asumir cambios de verdad, a contratar diferente, a ofrecer al cliente valor añadido, a flexibilizar horarios, a formarse en nuevas tecnologías, a trabajar por objetivos, a asumir responsabilidades. Entre todos, desde el que contrata hasta el que ejecuta el trabajo, tenemos que cambiarlo porque es un sector con un futuro brillante y enormes posibilidades.

Estamos obligados a hacer lo mismo de siempre, pero debemos hacerlo de forma diferente. Porque Jerusalén… lo vale todo.

Foto: captura de pantalla de la película